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jueves, 26 de diciembre de 2013

El coleccionista imposible

Hay muchos que se han dedicado a analizar el coleccionismo como una pulsión obsesiva; otros, han estudiado y determinado sus fases. Algunos, han pretendido dotar de sistemática al proceso y han establecido reglas lógico-estructurales.
En realidad, lo único que se sabe del coleccionista es que no hay quien lo entienda del todo. Salvo para aquellos que lo consideran una inversión y, por tanto, siguen las reglas de una profesión y del mercado, para la generalidad es una afición que proporciona interminables horas de entretenimiento y concentración. Claro que esta afición, aunque suele moverse en el terreno de lo mensurable, puede adquirir proporciones monstruosas. En calidad o cantidad.
En Madrid hay un monumento al coleccionista desaforado en ambos aspectos. Es el Museo Lázaro Galdiano. Don José, su protagonista, era el protocoleccionista, el paradigma del buscador, el archiacumulador de objetos. Lo que se ve en su antigua casa es solo una pequeña muestra de lo que consiguió reunir en su larga y provechosa vida. Coleccionó casi todo lo que en su época estaba relacionado con las bellas artes, la pintura, la escultura y las artes decorativas o la simple artesanía. Desde cuadros hasta esmaltes pasando por armas, antigüedades, monedas y medallas. Todo. No hay más porque no le dió más tiempo. Don José es el modelo del coleccionista total que no deja nada de lado.
En nuestra época, el coleccionismo alcanza prácticamente a cualquier manifestación artística, histórica o industrial. Nada escapa al interés o a la pulsión acumulativa de los aficionados. Hay colecciones para todos los gustos y, como el mercado global lo permite, cualquier colección adquiere rango universal y se convierte, por eso mismo, en inabarcable, en imposible y perpetua. Es como si en las colecciones de cromos de nuestra infancia siempre hubiera nuevas páginas por rellenar.
En el mundo de la estilográfica, aparentemente tan pequeño, hay un coleccionismo rampante. En alrededor de cien años de producción de plumas, el mundo se ha llenado de modelos y de marcas y, milagrosamente, todas con una asombrosa capacidad de resistencia de tal modo que es perfectamente posible seguir escribiendo con ejemplares fabricados hace más de cien años. Además, hay dos factores muy favorables para el coleccionista de estilográficas: un precio razonable y un tamaño reducido. Es posible tener una gran colección en poco espacio y con relativamente pequeña inversión.
En el mundo de la estilográfica hay infinidad de páginas que brindan consejos sobre cómo hacer una colección. Todas coinciden en una cosa: coleccionarlo todo no es posible. Hay que enfocar la afición hacia una marca, un modelo, un color, un país... y aún así, será imposible terminarla.
Yo pertenezco a la categoría de coleccionista anárquico como el susodicho Don José. Me gustan todas las estilográficas y por diferentes razones de modo que, poco riguroso como soy, he decidido adquirir las piezas que me gustan, ya sean antiguas, modernas, grandes, pequeñas, baratas o, las menos de ellas. caras. No las compro por inversión aunque es cierto que algunas piezas se han revalorizado notablemente respecto del precio que pagué por ellas.
Para invertir seriamente en plumas estilográficas hay que seguir algunas reglas básicas. No hay que usarlas, no hay que grabarlas, no hay que perder el embalaje original, deben ser raras, caras y, si es posible, limitadas por cualquier razón. Demasiadas exigencias para quien apetece de escribir con ellas y, como se ha dicho, poco aplicable a quien esto escribe. Mi colección, como la del Sr. Lázaro Galdiano, salvando las distancias, está solo guiada por el gusto y el criterio de oportunidad y casi nunca por el valor intrínseco de cada pieza.
Actualmente hay un factor bastante fiable que ayuda a distinguir al coleccionista profesional -o casi- del usuario aficionado. El precio. Por encima de 300 euros, aproximadamente, cualquier pluma moderna es un objeto de colección, de lujo, de inversión o las tres cosas a la vez. Ni las cualidades funcionales o mecánicas de estas piezas justifican un precio que, en la totalidad de las ocasiones, se basa en su valor añadido: tiradas limitadas, uso de materiales preciosos, prestigio de marca o intervención de un artista singular en la decoración de la pieza. En todos estos casos, no se paga un instrumento de escritura sino un objeto con alguna característica especial que lo hace singularmente apreciado. Pero escribir, lo hacen perfectamente las plumas de 2 euros.
En mi opinión, las mejores plumas modernas en términos funcionales son las japonesas. Cualquiera de las tres grandes marcas, Pilot-Namiki, Platinum-Nakaya o Sailor, fabrican instrumentos técnicamente inmejorables. Hoy en día, no creo que nadie consiga mejorar  los plumines de Sailor, la fiabilidad de Pilot o la belleza de las Platinum-Nakaya. En conjunto, son las mejores estilográficas del mundo y, salvo excepciones, se ofrecen a precios más que razonables para su extraordinaria calidad.
Frente a la incontestable calidad nipona, las plumas europeas modernas oponen, en esencia, dos tácticas de defensa que se ejemplifican en dos países: el lujo y estilo de las plumas italianas y la sobriedad y prestigio de las alemanas.
Las primeras están llenas de ediciones limitadas y de imaginación barroca. Cualquier excusa es buena para hacer una edición conmemorativa, pero su calidad mecánica y funcional suele ser mejorable salvo famosas excepciones como las Omas.
Las segundas, especialmente Pelikan, se centran más en la fiabilidad y buena mecánica aunque tampoco desdeñan el filón de las ediciones limitadas; en este caso, más orientado hacia el coleccionista exigente a través de sus ediciones maki-e.
Montblanc,  por su parte, desde que en 1993 fue adquirida por el grupo Vendôme, descubrió el mundo del lujo y la exclusividad gracias a la fama y el valor añadido que la marca había ido adquiriendo en ciertos círculos profesionales y empresariales. Ello ha terminado por convertirla en un símbolo de estatus semejante a conducir un Ferrari o lucir un Rolex.  El hecho de que su línea comercial incluya relojes, perfumes y pañuelos, entre otras cosas, es ilustrativo de su orientación actual.
Por otro lado, Alemania también combate en otras divisiones como la de la pluma de batalla, ofreciendo productos de calidad a buenos precios. El diseño es su mejor arma y Lamy, el mejor ejemplo.
Finalmente, haré una referencia a las plumas estadounidenses.  La industria allí han experimentado una profunda transformación. Junto a los clásicos Parker, Sheaffer, en patente retroceso, se aprecia un renacimiento de pequeñas marcas, casi artesanales, muy imaginativas, que están a la vanguardia de una nueva oferta basada en el diseño y en precios razonables. Sin embargo, han perdido la batalla de la pluma barata y la de trabajo en favor de las japonesas modelos a los que obviamente persiguen.
Suum quique.
En resumen: si uno solo quiere escribir, debe fijar su atención en las plumas japonesas. Indesmayables, indestructibles, hermosas en su sencillez y audaces en sus apuestas tecnológicas. Si se quieren coleccionar obras de arte aplicado, hay un mundo entero por descubrir en el urushi y, sobre todo, en el maki-e. Ahí no hay límite de precios porque dependerá de la firma del artista. Estas plumas no se usan.
Si alguien decide coleccionar para invertir, además del maki-e, habrá de atender a las ediciones limitadas, especialmente alemanas. La suerte será desigual. Ciertas ediciones se revalorizan mucho y otras nada en absoluto. Es como comprar cuadros a pintores primerizos. Uno nunca sabe cuál triunfará. Tampoco se podrán usar las plumas.
Por último, si no se quiere nada y se quiere todo, se hará como yo, acumulando estilográficas de diversas clases, estilos y funciones. Tengo plumas para admirar, otras para disfrutar escribiendo y otras llenas de recuerdos sentimentales. Cada una, o cada clase si se prefiere, aporta su grano de arena a este mundo. En realidad, la colección, como se ve, no existe más que en la imaginación del que la mira.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Sheaffer School Pen ca. 1970



Especificaciones:

Material: Cuerpo de plástico inyectado. Capuchón de chapa.
Plumín: Acero
Punto: Medio
Carga: Cartucho específico Sheaffer
Largo: 122 mm.
Ancho: 10 mm.
Precio: Aproximadamente unos 7 euros en ebay. No es fácil de encontrar.

Contexto y Reseña Histórica:

Las Sheaffer del segmento más bajo y barato de la compañía no tuvieron, en realidad, un nombre comercial específico, pero universalmente se conocen como School Pens o plumas de estudiante. En realidad, no ha habido un único modelo. Sheaffer produjo School Pens desde los años 60 del pasado siglo y continuaron fabricándose hasta los 90. Las hubo de diferentes formas y colores aunque todas las pumas pertenecían a la gama más baja del sector. A partir de los 80, la propia Sheaffer comenzó a fabricar otra pluma barata, la NoNonsense, que, junto con la Viewpoint, vinieron a competir con las School hasta hacerlas desaparecer.
Adquirí varias plumas de Estudiante durante mis años universitarios. Me gustaba mucho como escribían y continué usándolas mucho tiempo después. Aún tengo varias, todas en buen estado. Poseo, también, uno de los últimos modelos, totalmente metálico, que parece haber sido un intento de convertir a la modesta School Pen en algo un poco más duradero. Compré una por la afición que siempre tuve a las de plástico.

Presentación:

Las School Pen era plumas prácticamente desechables y se vendían en blisters con un par de cartuchos.

Diseño:

Las Estudiante son pequeñas plumas de plástico y capuchón metálico.
El diseño de la pluma es extremadamente sencillo. Apenas el clip sobresale del estrecho conjunto tubular en el que sólo existe un pequeño resalte al final del cuerpo y que hace línea con la sección de la que aparece separada por una anilla metálica. 
La combinación de colores era, por lo general, muy convencional: negro, azul, burdeos y algún ejercicio de fantasía como la amarilla que examino. El capuchón siempre era metálico, confeccionado con una chapa muy sencilla que se colocaba por presión.
Era una pluma muy resistente. No se rompía ni se agrietaba pese a que el plástico era, evidentemente, de baja calidad. Tampoco el clip se desprendía y permitía un uso continuado sin protestas. En realidad, lo más habitual era que se perdiera, debido a su uso continuado y a su permanentes idas y venidas de los estudiantiles bolsillos.


Tamaño y peso:

Se trata de un instrumento pequeño, adecuado para manos juveniles o femeninas. Es una pluma muy ligera que permite ser transportada de cualquier modo sin apenas hacerse notar.
Con el capuchón puesto, el tamaño aumenta considerablemente hasta convertirse en una pluma de tamaño regular, cómoda para el uso continuado.



Plumín:

 El plumín es de acero, muy sencillo pero con unas propiedades mecánicas extraordinarias. Es relativamente grande para el tamaño de la pluma; muy agradable de usar, ligero y húmedo, que ofrece un flujo de tinta continuado, sin interrupciones, muy superior a lo que podría esperarse. Al mismo tiempo, es asombrosamente suave, casi impropio en una pluma de esta categoría. Cuenta con agujero de ventilación y la leyenda: Sheaffer, M y Made in U.S.A.


Alimentación:

La alimentación era únicamente por cartucho propio aunque hubo versiones posteriores, totalmente metálicas y algo más consistentes, que admitían un convertidor específico Sheaffer.
Es curioso el sistema de Sheaffer en el que el tubo de alimentación sobresale de la sección, en lugar de estar protegido por sus bordes como es habitual en la mayoría de las marcas. El cartucho, por tanto, se ajusta sobre el tubo y queda simplemente apoyado en el extremo de la sección, pero sin contar con otro sistema de sujeción que no la propia presión contra el tubo. Pese a que parece un sistema frágil, lo cierto es que nunca se me ha soltado y tampoco se han producido pérdidas de tinta.


Carrera Corta:

Es sorprendente la suavidad con la que escribe esta pequeña pluma. Escribe inmediatamente de ser destapada, sin duda ni titubeo alguno y ofreciendo un trazo ligero y húmedo que permite una escritura rápida y precisa.
Es una pluma muy ligera y eso se aprecia inmediatamente sobre el papel. Hay que dirigirla porque no tiene inercia. Esto le confiere una agilidad fuera de lo común que la hace muy manejable. 
Dado su flujo generoso, es perfectamente posible utilizarla como pluma de firma y trazo rápido y grueso. 



Carrera Larga:


Hay dos características esenciales de esta pluma: la riqueza de flujo que proporciona el plumín y la ligereza del conjunto. Ambas cosas juntas, resultan en un instrumento muy adecuado para largas sesiones de escritura. No cansa ni obliga a esfuerzo alguno. Se desliza con extremada suavidad sobre cualquier tipo de papel, con mucha limpieza y nula sensación de rascado. Es una experiencia común a todas las School Pen que poseo lo que indica una característica general y no sólo las propiedades de este ejemplar.
Admite la escritura rápida y nerviosa de un estudiante tomando apuntes porque inicia el trazo sin ningún titubeo. Ello ocurre aunque se mantenga a la espera y destapada. Incluso entonces, escribe instantáneamente en cuanto se le requiere.
La ligereza de la pluma también facilita un uso continuado aunque, a cambio, ofrece poco apoyo e inercia para manos grandes o habituadas a instrumentos más pesados.
En conjunto, la experiencia de escribir un tiempo con la pluma es de comodidad y facilidad. Probablemente los objetivos de toda pluma estudiantil que se precie.


Conclusiones:

La School Pen de Sheaffer era una pluma idónea para el uso al que estaba destinada. Su plumín es magnífico, perfectamente equiparable en cuanto a rendimiento a otros de categoría muy superior. La pluma ofrece al joven escritor una facilidad y comodidad de uso difícil de igualar y todo ello a un precio irrisorio.

A favor:           Plumín extraordinario
                       Comodidad de uso
                        Precio

En contra:        Pobreza de materiales
                        Pequeño tamaño
                        Sistema de alimentación

lunes, 18 de noviembre de 2013

Montblanc Noblesse ca. 1975

Especificaciones:

Material: Acero Cepillado
Plumín: Acero
Punto: Medio
Carga: Cartucho universal/Convertidor
Largo: 138 mm.
Ancho: 9,32mm.
Precio: Aproximadamente unos 50 euros en ebay

Reseña Histórica: 

Alrededor de 1.973, Montblanc decidió fabricar una pluma que siguiera la línea de la Aurora Hastil que había salido al mercado en 1.970, Ambas plumas son, en efecto, muy parecidas. Montblanc, a la que siempre se compadece como víctima permanente de copias más o menos sutiles, hizo lo propio con la Aurora Hastil cuyo elegantísimo diseño era obra de Marco Zanuso. Montblanc se asoció con Aurora para la producción de las primeras plumas de este modelo. La mejor prueba de se trataba de un diseño extraordinario y de que Montblanc había tomado un buen modelo es que la Hastil forma parte de la colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York.
La Hastil era una pluma cara, mientras que la Montblanc Noblesse pretendía ser un ejemplar más asequible; no ofrecía plumín de oro y costaba menos de la mitad que la Aurora.
En los años 80, Lamy puso en el mercado la CP1 Platinum que era, a la postre, una versión moderna de la Noblesse y de la Hastil.

Presentación:

No conservo la caja de mi Noblesse. Si no recuerdo mal, era de calidad mediocre, de plástico negro y con forro blanco.


Diseño:

El primer modelo de la Noblesse era, como la Hastil, de acero cepillado. Se fabricó desde 1.973 hasta 1.980
Como la Hastil, la Montblanc es una pieza que destaca por una incontestable elegancia. Una elegancia  que tiene sus raíces en la limpieza del diseño alemán de la Bauhaus y su principio de que la forma sigue al a función; era el racionalismo artístico aplicado al  objeto práctico. Lamy es un ejemplo contemporáneo de la aplicación de este principios estéticos.
La Noblesse es un tubo de acero casi mate, sin otros salientes que el clip y con una sobriedad y pureza de líneas absolutamente extraordinarias. Tiene la belleza de lo simple y de lo funcional, sin otro adorno que un discretísimo logo de Montblanc en la parte superior del capuchón y otro, en relieve, en el extremo del cuerpo. El clip, de acero brillante, contrasta con el cepillado del resto, lo que confiere a la pluma una apariencia robusta, casi de herramienta industrial; todo ello contribuye a darle al conjunto una apariencia general muy sólida. La sección es completamente mate y en su extremo aparece ligeramente visible la boquilla negra que sujeta el plumín.


Tamaño:

La Noblesse es una pluma muy estilizada, es decir, muy larga en proporción a su anchura. Como se puede apreciar en la fotografía, es tan larga como una 149 y casi como una Lamy Safari. Sin embargo, su anchura es muy inferior. Esto la hace adecuada para manos pequeñas aunque puede ajustarse a las necesidades de cualquier usuario.
Es una pluma discreta y elegante que no desmerece ninguna ocasión de uso. Puede llevarse perfectamente prendida en la chaqueta. El clip está bien diseñado y es seguro.


Plumín:

Perfectamente acorde al diseño de la pluma, se trata de un modelo de acero sin florituras ni dibujos, en el que únicamente se pueden leer las iniciales MB. Es un plumín muy estilizado que carece de agujero de respiración. El alimentador es de plástico, sin aletas. En este ejemplar, el punto es medio.
El plumín trabaja bien y ofrece un buen flujo de tinta pese a no contar con agujero de ventilación y disponer de un alimentador sencillo. Se trata, desde luego, de una  punta muy rígida, sin flexibilidad alguna. Solo forzando mucho el trazo se puede conseguir alguna variación. El flujo es suficiente aunque se lleva mejor con una escritura pausada.


Alimentación:

La pluma se alimenta con cartuchos universales. Se le puede aplicar, por tanto, cualquier convertidor estándar. No es especialmente glotona, de manera que ofrece una buena autonomía antes de precisar una nueva recarga.





Carrera Corta:

La pluma resulta muy suave cuando se comienza a utilizar.  Se desliza correctamente sobre el papel y proporciona una sensación activa. No patina, sino que permite sentir la textura del papel.
Dado que tiene un buen tamaño, se adapta bien a cualquier mano aunque su estrechez la hace más aconsejable para dedos delgados. No se hace pesada en tramos cortos de escritura. Buen ejemplar para firmar aunque el punto no sea muy ancho.
El flujo de tinta es correcto. No hay interrupciones ni titubeos al empezar a escribir.



Carrera de Fondo:





Después de escribir un tiempo con la Noblesse, se aprecian dos de sus principales defectos: su excesiva delgadez y un peso desproporcionado a sus medidas. No es una pluma pesada, pero en relación a su esbeltez, su solidez se hace notar si se usa continuadamente. Al ser muy delgada, tampoco es la más idónea para manos anchas o dedos gruesos.
Con todo, el agarre es cómodo porque la sección es generosa y sin resaltes, de manera que no molesta a los dedos ni perjudica la postura de escribir.
Es una pluma dura en el buen sentido de la palabra. Poco dúctil y nada delicada. El plumín es rígido, sin matices; poco adecuado para florituras caligráficas. En cambio, es muy prácico para escribir textos largos y sencillos. La escasa suavidad y fluidez del plumín hace que se requiera un cierto esfuerzo a la hora de utilizar caligrafías elaboradas. Esto la hace idónea para principiantes, más acostumbrados a la monotonía de un bolígrafo o un roller que a las peculiaridades de una estilográfica. La Noblesse imprime su propio ritmo.
La Montblanc Negra no es la tinta más apropiada para la Noblesse que se entiende mejor con otras marcas más fluidas o lubricadas.

Conclusiones
:

La Montblanc Noblesse es una magnífica pluma de iniciación. Mucho más bella y sólida que las que habitualmente se aconsejan para empezar a escribir con estilográfica y de una sencillez mecánica que facilita enormemente su uso y mantenimiento.  Su diseño es extremadamente simple y elegante. Su tamaño y productividad la convierten en un instrumento práctico y portátil.

A favor:       Elegancia de diseño
                    Sencillez mecánica
                    Robustez y durabilidad
                    Facilidad de uso

En contra:   Poco apropiada para manos anchas
                    Peso con relación a su tamaño.
                    Trazo algo seco. Mejor con tintas lubricadas.
                 
             
             


jueves, 14 de noviembre de 2013

Interludio: Aduanas para Dummies

Ya sé que es un tema recurrente: la aduana y la cuna que los arrulló.

Unos más y otros menos, pero todos somos clientes de vendedores extracomunitarios de plumas estilográficas. La diferencia de precio es insultante y, por apenas la tercera parte de lo cuesta aquí, se puede conseguir cualquier ejemplar en Japón, Singapur o Estados Unidos, especialmente ahora que el euro está fuerte respecto al dólar.

Cualquier aficionado habrá comprobado la paulatina desaparición de las tradicionales papelerías en las que se podían encontrar plumas estilográficas de calidad y material de escritorio.  Incluso los grandes almacenes han reducido su sección de instrumentos de escritura a poco más que un puñado de mostradores cuando hace unos años ocupaba media planta. ¿No es posible que los distribuidores españoles adecuen sus márgenes al mercado?; ¿no hay otra solución que cerrar el negocio antes que bajar precios? ignoro si esto guarda relación con el armamento arancelario de la Unión Europea o, más me temo, con nuestras tradiciones empresariales de estrechas miras.

El caso es que, para un aficionado o coleccionista, el recurso al extranjero es algo inevitable y, tarde o temprano, uno se topa con el ominoso fantasma de la aduana patria. Hay infinidad de consultas en la red acerca de correos, aduanas,  impuestos  y aranceles. Las respuestas son variopintas y también dinámicas, porque la cuestión muda con el tiempo.

Por todo ello he decidido confeccionar aquí una pequeña guía con los grandes pasos necesarios para rescatar nuestros preciosos paquetes de las oscuras garras aduaneras. Es algo muy sencillo, en realidad, aunque requiere un tanto de paciencia y otro de tiempo. No descenderé a los detalles más escabrosos porque pueden darse multitud de supuestos, pero, básicamente, esto es lo que hay:

a) La importancia de la factura. 

En teoría, cualquier paquete comercial debe ir acompañado de una factura accesible desde el exterior del paquete. Es esa graciosa bolsita de plástico adherida a nuestro paquete. La factura es el punto de partida para el trámite aduanero aunque no es ni imprescindible ni vinculante. Es decir, que Hacienda puede comprobarla y no hacer caso de lo que diga. El Arancel se paga ad valorem, es decir, por el valor de la cosa y no por lo que se haya pagado por ella.

Hay vendedores que ponen en las facturas precios inferiores a los realmente pagados. Otros, dicen que son regalos. Otros, que son productos usados. Todos son trucos para no pagar y cada cual, hace lo que puede al respecto. Otros vendedores, emiten la factura por el precio real, rigurosamente. Allá cada cual con su fortuna.

Puede ser interesante guardar una copia de la factura electrónica abonada a través de de internet, como Paypal, o de la transferencia realizada. Si hay dudas, Hacienda puede comprobar el precio real por estos medios.

b) La importancia del paquete.

Cuanto más grande, más posibilidades de que sea retenido en la aduana. No hay reglas fijas pero ésta suele ser bastante fiable; si queremos ahorrar haciendo un pedido conjunto con varios artículos, puede que estemos tentando al diablo aduanero.

Cuanto menor el paquete, más posibilidades de que pase desapercibido.

c) Los trámites.

Si recibidos en casa un aviso de correos diciendo que nuestro paquete se encuentra retenido en el departamento de aduanas, con la Iglesia hemos topado. La notificación nos ofrecerá tres posibilidades: tramitarlo con la propia Correos, tramitarlo nosotros mismos, o encargarlo a un agente de aduanas. Correos nos cobrará por el trámite, aproximadamente, unos 25 euros a los que añadirá otros 5,34 en conecto de factaje, palabreja inventada para cobrar algo a cambio de tener el paquete en una estantería mientras se tramita la gestión. A cambio de todo esto, Correos se hará cargo de todo, nos enviará un presupuesto de lo que tendremos que pagar en concepto de IVA y Arancel y recibiremos el paquete en nuestro domicilio. Es la solución  más sencilla. También la más cara.

La segunda opción es contratar un agente de aduanas externo. Sus tarifas son parecidas a las de Correos pero, si acudes a otros, Correos te cobrará otros 15 euros aproximadamente por "cesión de documentos a otro representante" y te seguirán cargando el factaje. Mala solución.

Finalmente, está la mejor opción: hacerlo uno mismo. Se puede hacer en persona si vives en Madrid o a través del portal informático de la Agencia Tributaria.Ya sé que suena complicado, pero no lo es. Solo hay un requisito: tener un navegador con firma electrónica como la que se usa para la declaración de la renta. Si no lo tienes, no hay más que pedir una a la FNMT. No es complicado. Si ya dispones de ella, los trámites son sencillos: se cumplimenta el formulario simplificado on line, se pagan los derechos e impuestos correspondientes (también se puede hacer on line) y listo. Se envía la documentación a Correos y, cuando se reciba el paquete (exacto, no se han olvidado) cobrarán el malhadado factaje.

Si la gestión es en Madrid, hay que ir a la zona industrial del Aeropuerto Ahí está todo. Tampoco es complicado. En Correos se recoge el papelito de liquidación y la factura que os proporcionará el empleado correspondiente.Con dicho papelito, se va uno a Hacienda, rellena el formulario reducido y lo entrega en ventanilla. Comprobarán la declaración y, si no  hay novedades, os entregarán el abonaré. Cruza uno la calle, abona lo liquidado en concepto de IVA y Arancel y vuelve a la ventanilla. Allí nos entregarán el acto administrativo que autoriza la importación. Con este papelito, volvemos a Correos y recogemos nuestro paquete. Se me olvidaba: antes habrá que pagar el factaje.

d) En resumen.

Salvo casos complicados y a nuestros efectos estilográficos es difícil que los haya, los trámites son enojosos pero sencillos. Recomiendo la gestión personal. Los de fuera, con su navegador y los de Madrid, en el Aeropuerto. Yo lo he hecho en persona en varias ocasiones y no he empleado más de media hora. Lo malo es la cara de panoli que se le queda a uno al pagar el 21% y el Arancel (un 3% aproximadamente) sobre aquel magnífico precio que obtuvimos en internet. ¡Ah! y el factaje. Eso no tiene remedio.



Las Cinco Principales del comienzo

Es difícil escoger las "Big Five" de entre las primeras plumas que usé. Hubo muchas porque rápidamente me aficioné a ellas. Casi todas eran, claro, plumas de estudiante o de iniciación aunque también tenía las de mi padre que pertenecían a un escalón superior y que, finalmente, acabaron engrosando mi colección.

Todas aquellas plumas tienen un fortísimo componente sentimental para mí. Las de mi padre, por razones obvias y las otras, porque fueron mis primeras compañeras de estudios y de afición. Algunas se perdieron, otras se estropearon, pero la mayoría aún están en mi poder y las conservo como generosos testigos de aquellos difíciles años.

Para elegir las cinco, he seguido un criterio cualitativo. Algunas están porque fueron las primeras, como la Parker Vacumatic que ya ha aparecido en este blog. Otras, porque fueron un modelo muy usado, como la Sheaffer; algunas, porque fue la primera pluma algo importate que compré, como la Montablanc Noblesse  y otras, en fin, porque fueron las que más pronto afianzaron mi afición. Todas serán tratadas individualmente en las próximas entradas.

Se trata de:

1.. Parker Vacumatic Canadá 1949
2.- Parker 75 Ciselé Plata ca. 1970 
3.- Sheaffer Estudiante ca. 1970
4.- Montblanc Noblesse ca. 1975
5.- Parker Vector ca. 1973






De izquierda a derecha: Parker Vector; Montblanc Noblesse; Parker 75; Sheaffer School Pen. Encima: Parker Vacumatic.

Una a una, serán próximamente reseñadas

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Metodología de las Revisiones

Antes de pasar a la primera revisión, voy a describir cómo se harán.

Comenzarán con una breve reseña de las especificaciones técnicas de la pluma: material, plumín, sistema de carga, medidas y precio.

Seguidamente, se hará una breve reseña histórica o de contexto.

A continuación, se procederá a analizar los aspectos relativos a la apariencia y mecánica de la pluma: presentación, diseño, detalles, sistema de llenado y plumín.

Luego se procederá a la prueba de escritura: una corta y una larga.

Acabaremos con un resumen en el que se incluirá la valoración final y un esquema de los aspectos positivos y negativos de cada pieza.

Por seguir un cierto criterio, las primeras plumas analizadas serán las cinco que protagonizaron mi primer contacto con el universo de las estilográficas. No son todas las que son, seguramente, pero sí las más señaladas por alguna circunstancia especial.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Perífrasis Musical

La batería de jazz constituye un universo propio. Fué el ámbito musical en el que un instrumento puramente rítmico y totalmente secundario pasó a convertirse en un elemento solista perfectamente definido. Incluso melódico.

La batería de jazz ha experimentado una asombrosa evolución desde sus primeros años hasta la actualidad. Pero en el olimpo de sus protagonistas, habiendo muchísimos, hay tres músicos que me parecen auténticos maestros. Genios que revolucionaron el instrumento y mostraron qué portentosa cantidad y riqueza de sonidos se podía extraer del conjunto.

El primero, por orden cronológico, es Gene Krupa. El revolucionario batería que cambió el modo en que se percibía el instrumento y lo popularizó en la era de las grandes bandas de swing. Se hizo famoso, participó en películas y se convirtió en una leyenda. Su protagónico modo de tocar y de dirigir, su riqueza tímbrica, su carisma, iniciaron una nueva era. Pocos consiguieron igualarle.




El segundo dios del olimpo tamboril es Buddy Rich, el virtuoso. No creo que haya habido muchos tan rápidos como él. Su estilo furioso y veloz, pero al mismo tiempo perfecto, preciso y ajustado, ha llenado páginas y páginas de riqueza musical jazzística. Inolvidable.




Por último, el inconmensurable, inimitable y perfecto Joe Morello. Su técnica impecable y la ejecución de complicadísimos pero sutiles ritmos le convirtieron, a mi parecer, en el máximo ejemplo de la elegancia instrumental. Los solos que ejecutaba en el  famosísimo Take Five de Dave Brubeck eran, sencillamente, inmejorables.




Hay numerosas grabaciones de estos tres grandísimos músicos. En la red se pueden encontrar y reproducir. Pocas cosas tan baratas procuran tanto disfrute.


La Primera

Esta es la protopluma, la de las visitas al pequeño taller, la primera que me regaló mi padre.
Se trata de una Parker Vacumatic canadiense tramaño Junior o Debutante. El celuloide translúcido es de color azul y en el grabado se puede leer "Canada" y el número 9.

Como se puede apreciar, el accionador del diafragma es de plástico transparente, lo que permite datarla precisamente en 1949 ya que fue durante la Segunda Guerra Mundial cuando Parker cambió los antiguos sistemas de aluminio por los de plástico a causa de las restricciones de material sufridas durante el conflicto.






La Vacumatic se fabricó en USA hasta 1948 aproximadamente y en Canadá, hasta 1953.

La pluma se encuentra en un muy aceptable estado de conservación, sin marcas, descoloraciones ni desgaste en los chapados. El alimentador aparece ligeramente gastado. Todas las piezas son originales y sólamente se ha procedido a su reparación en lo concerniente al sistema de carga para lo cual se ha instalado un diafragma nuevo.

La reparación de las Vacumatic es complicada. El principal problema reside en la apertura del cuerpo, que ha de hacerse por la sección superior que contiene la rosca lo que no siempre es fácil debido a la edad de las piezas y a que la rosca suele estar agarrotada. A continuación, se debe proceder a instalar el accionador del diafragma y el propio diafragma de goma, para lo que es necesario usar una herramienta apropiada aunque se puede improvisar con un pequeña barra metálica. Felizmente, hay repuestos para todo.

La Vacumatic es una pluma emblemática en los años 30-40. Fue un éxito de ventas y un icono de modernidad en su época. Actualmente, es una pieza codiciada por todo coleccionista que se precie. Su valor de mercado oscila mucho dependiendo del modelo. La mía, por lo que ya se sabe, no tiene precio.

martes, 5 de noviembre de 2013

El Taller de Estilográficas


No me acuerdo bien de cuándo empecé a usar plumas estilográficas pero reconozco con rubor que fui, por imperativo de la época, un escolar de bolígrafo. Aún recuerdo, eso sí, cómo en las Escuelas Durruti donde fui párvulo, aún se usaba el plumín de acero, los palilleros y el depósito misterioso y ennegrecido del pupitre. Más tarde, utilicé la plumilla Guillot, la tinta china, el tiralíneas y la bigotera; cuando se hablaba de rotulador, nos referíamos a un plumín grande de punto grueso y plano.
Pero todo aquello , yo aún no lo sabia, ya era producto de un pasado que, suave pero inexorablemente, hizo desaparecer aquellos instrumentos del plumier para dejar espacio a los Rotring, los rotuladores de colores y los bolígrafos Bic, transparentes y amarillos.
Escribir con pluma estilográfica era por entonces una actividad extra escolar, generalmente asociada a la contemplación de los mayores. Mi padre la utilizaba en ocasiones y acabó regalándome algunas de las que tenía y que, aun no siendo coleccionista, había ido guardando. Milagrosamente, las conservo todas, porque desde que tengo memoria me siento atraído por aquellos ingeniosos aparatos que le llenaban a uno las manos de tinta y contenían secretos mecanismos que pocos sabían explicar con certeza y mucho menos entender y que, si fallaban, obligaban a recurrir a un  mecánico de estilográficas.
Aún recuerdo un mínimo taller que había en la Calle de Alcalá donde, en una oscura esquina de una tienda dedicada a otra cosa, se ocupaba de estos menesteres de reparación un amable señor que padecía una terrible enfermedad degenerativa nerviosa. Recuerdo cómo miraba las plumas al contraluz de su foco, cómo las giraba entre sus manos temblorosas de las que siempre parecía que iban a caer; no he olvidado su minúscula mesa y su solitaria luz, el banquillo rodeado de mecanismos destripados, piezas metálicas, trapos multicolores y herramientas desconocidas.
Aquél humilde mecánico no debía ser muy ilustre porque mi padre le llevaba la misma pluma una y otra vez, señal de que sus trabajos no daban el resultados apetecido. En cambio, a mí, aquellas visitas me daban la oportunidad de regresar al fascinante rincón y ver cómo el pobre mecánico del bigotillo y las gafas se afanaba con los preciosos artilugios.
Muchos años después, conseguí reparar definitivamente aquélla pluma rebelde o maltratada aunque ya no en el viejo taller, sino por mí mismo. Ahora funciona pero, tristemente, no gracias a las enfermas pero siempre delicadas manos de aquel inolvidable personaje de la calle de Alcalá.