Páginas vistas en total

viernes, 23 de mayo de 2014

Un pluma en dos historias

Hace treinta años aproximadamente, mi padre se había convertido en un modesto coleccionista de arte.  Le gustaba la pintura, la orfebrería, la numismática, la cerámica antigua y un sinfín de pequeñas antigüedades de todo tipo y origen. Era, como lo soy yo a imagen suya, un dedicado y algo caótico acaparador de cosas bellas y evocadoras.
A mediados de los años 1980, frecuentaba mi padre la almoneda de un viejo anticuario con el que había llegado a forjar una sólida amistad. Este personaje, curioso y movedizo como un ave de presa, brujuleaba por las antiguas casas de Madrid comprando todo tipo de herencias y legados que los deudos no querían conservar y vendían en bloque al mejor postor. Las viejas y grandes casas de los vetustos barrios madrileños se deshacían y aquél anticuario las compraba enteras.
Entre los productos de aquellas compras se encontraba de todo y, claro, también algunas plumas. Mi situación económica entonces no permitía grandes inversiones pero sí me gustaba perderme con mi padre por aquella destartalada almoneda de Lavapiés rebuscando entre cajones y vitrinas en busca de tesoros. Así llegué a comprar algunas piezas, no muy caras, pero sí bien conservadas.


Gregorio Martinez Sierra fue un director de teatro, editor, dramaturgo y poeta modernista, famoso especialmente durante el periodo anterior a la Guerra Civil española, años en los que mantuvo una estrecha colaboración con compositores como Manuel de Falla, Joaquín Turina y Angel Barrios, escenógrafos como Rafael de Penagos y Rafael Barradas, además de muchos otros actores y poetas  como Catalina Bárcena y Federico García Lorca.
Dicen las malas lenguas que Gregorio Martinez Sierra nunca escribió una línea y que toda su obra poética y prosística pertenece, en realidad, a su mujer, la extraordinaria Maria Lejárraga que humildemente se autoproclamaba su colaboradora pero que, a lo que se ve, fue la verdadera creadora de casi toda su producción literaria y de parte de la de algún otro como Eduardo Marquina.
Gregorio Martinez Sierra murió en 1947, pero su esposa le sobrevivió hasta 1974 en que murió, con 100 años, exiliada, en Buenos Aires.
El viejo anticuario, por vueltas de la fortuna, consiguió en 1978 hacerse con la casa de Gregorio Martinez Sierra que hasta entonces habían mantenido sus herederos y, con ella, una enorme cantidad de objetos de todo tipo, entre ellos, una pequeña pluma de oro.
Mi padre se había encaprichado de aquél precioso objeto y, tras años de vueltas y regateos, acabó comprándolo. Más como pieza histórica que instrumento de escritura pues, además, estaba averiada.
Un año antes de morir, mi padre me regaló aquél minúsculo tesoro por mi cumpleaños. La reparé, la probé y la guardé con todo cuidado en su estuche original. Hoy es el mudo y dorado testigo de dos historias, la de su famoso propietario y, mucho más importante, la del inolvidable regalo de mi padre.


Datación

Es muy difícil datar la pluma. Se trata de un cuentagotas de los que se fabricaban durante los primeros años del S. XX y carece de cualquier número, dato o marca, que permita identificar fabricante o modelo. Por su procedencia y estructura, es evidente que se trata de una pieza fabricada durante el primer cuarto de siglo pasado pero no hay datos que permitan datarla con mayor fiabilidad.

Otros datos en la pluma.

En el clip, aparecen dos números, en la parte superior "01857" y en la parte central "18c". Si bien ésto último se refiere sin duda a la calidad del oro, el primer guarismo resulta completamente desconocido.


En el plumín, se lee: "Warranted", " 14 cts" y "585". La ausencia de marca indica que se trata de un plumín de calidad pero de segunda categoría, es decir, no fabricado directamente por ninguna de las grandes marcas de la época. Generalmente, se trataba de plumines de oro de calidad pero con menor grosor, calidad de acabado o de características variables en función del cliente que los encargase.


Modelo

Es un cuentagotas plegable. Es de pequeño tamaño pues se trata de un modelo previsto para ser llevado en el bolsillo. Pese a sus reducidas dimensiones, tiene una notable capacidad de carga, típica del sistema, lo que unido a su plumín fino, le otorga una considerable autonomía.
La boquilla es de ebonita negra. El cuerpo y el capuchón son de latón y toda la parte exterior está revestida por una gruesa lámina de oro macizo.
El alimentado, con aletines, es también de ebonita.



Estado

La pluma es sólida y estable. La operación de plegado se realiza con precisión y suavidad y no presenta grandes daños aunque son visibles algunas abolladuras en el cuerpo y en su remate superior. También el capuchón presenta algunas. El plumín fue reparado pues tenía los gavilanes doblados.
El conjunto actual es plenamente funcional.

Caja

La caja, fabricada expresamente para esta estilográfica, tiene un sello interior que reza "Alberto Ruiz, Joyero, 7-Carretas-7, Madrid". No tengo dato alguno de esta joyería que ya no existe. Es un estuche de color granate forrado de raso y terciopelo.




“A la sombra que acaso habría venido–como tantas veces cuando tenía cuerpo y ojos con que mirar- a inclinarse sobre mi hombro para leer lo que yo iba escribiendo” (Maria Lejárraga)

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada